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  • Tres viajes a Pleasentville: vivir entre el beige y gris

    Tres viajes a Pleasentville: vivir entre el beige y gris

    No quiero elegir entre cincuenta sombras de gris, entre veinte tonos de beige: quiero una vida a todo color

    Viaje a un armario (la identidad)

    No tengo ni un pantalón beige. Tengo una camisa blanca que odio y que siempre me pongo con un chaleco de estampado «sofá de abuela» (que reconozco que compré en Shein en un impulso). Me gusta vestir de negro porque crecí en una época en la que creía que parecer gótico era chic, pero me encanta combinarlo con labios rojo encendido. Cuando me visto en colores lisos y con los patrones que ahora «se llevan», siempre siento que voy disfrazada. Me cuesta resistirme a un vestido de flores, a un color estridente.

    Me resulta profundamente reaccionario que «ir a la moda» actualmente consista en restringir nuestro armario al blanco, el beige y el negro, al nude en los labios. Lo retrata perfectamente Noelia Ramírez en El País: el beige es el color del alma conservadora, una «miseria cromática» –concepto que adopto desde ya– que es el reflejo de que lo conveniente no solo está por encima de la felicidad, sino que lo conveniente es sinónimo de felicidad. Cuando este código cromático se aplica al estar de las mujeres en el mundo, estamos hablando de que la feminidad es sinónimo de recato, primero en las formas y luego en el contenido: un pasar sin hacer ruido, visual ni político, una invisibilidad, un confundirse con el fondo (también gris, también beige).

    Noemí López Trujillo explicaba en Newtral la ‘femmefobia y yo la conecto instantáneamente con este rodillo identitario de color beige: patrones masculinos, colores apagados y minismalismo –desapego, neutralidad, pulcritud– como sinónimos de buen gusto y éxito, y una constante en las elecciones estéticas de las influencers. Lo contrario –la feminidad, el color, la sensualidad– es visto como chabacano, de mal gusto, digno de atacar.

    Desde el pendulazo político que vivimos internacionalmente, echo de menos a Iris Apfel y quiero honrarla en la confección de mi armario y el de mis amigas.

    Viaje a una casa (los espacios privados)

    Fantaseo hace años con darle una patada al periodismo; lo hago cada vez que me flaquea la única fe que profeso: que contar lo que sucede en el mundo puede cambiarlo. Ahora mismo tengo menos fe y más ganas de abandonarlo que nunca. Idealizo dedicar mis horas productivas al arte aplicado a la vida y colecciono microcursos de interiorismo, apuntes sobre confección, materiales plásticos, bordados a medio acabar. Por primera vez, estoy aplicando este saber a algo real con lo que conviviré, espero, años y años. Y me he topado con el grandísimo aburrimiento en el estamos sumidos como sociedad.

    Estoy reformando mi casa. Bueno, la casa en la que vivo. Las sugerencias de los contratistas que contactamos trataban de matar mi alma; no exagero ni un poco, lo prometo. Todos los grises del mundo, los blancos rotos y los beiges se confabularon en las tiendas de materiales para intentar hacer mi vida un poco más en blanco y negro.

    En el proyecto me he dado ciertos caprichos algo snobs, especialmente si miramos a cómo los ricos elegían antes cómo decorar sus espacios privados. Nos hemos dejado un buen dinero en un par de detalles diseñados y elaborados por artesanos. Pero ahora, creo, estas elecciones ya no son tan snobs, puesto que la forma en la que los ricos presumen de su éxito ya no pasa por la belleza, sino por lo conveniente. Hay una grandísima diferencia entre el diseño bello y funcional y el diseño aburrido y reaccionario. Lo desarrollaba hace unas semanas Derek Guy en Bluesky preguntándose: «¿Qué ha pasado con la conexión entre la riqueza y la estética?», para concluir que los ricos antes demostraban su éxito invirtiendo en trabajo realizado por artesanos, mientras que ahora el éxito se asocia con lo que se ha venido a llamar «funcional«, que no deja de ser una estética cutre–de nuevo la conveniencia como sinónimo de felicidad. Eso se refleja en lo que las marcas de lujo ahora ofrecen. Dentro de la frivolidad que me supone gastar varios cientos de euros en decorar una casa –mentalidad de pobre se nace–, me parece profundamente contestatario ofrecer mi dinero a la artesanía frente al lujo hecho en serie.

    Las artes decorativas de finales del siglo XIX y principios del XX democratizaron, y por tanto, devaluaron para los ricos la estética «artesana». Pero la razón por la que la decoración de interiores se centra colores y formas neutras no es esa: la razón principal por la que todas las casas reformadas que scrolleas en Idealista son iguales es que permiten seguir con esta espiral inflacionista que llamamos «mercado inmobiliario»: quién va a invertir en una vivienda decorada desde la desfachatez que supone una paleta de color que no se estanca en el gris-beige-blanco. Es mejor vivir en el no-gusto que el gusto de otro.

    El proyecto de interiorismo de mi vida está lleno de amarillo, azul, verde y rosa. Me rebelo, me rebelo intensamente contra una vida gris.

    Viaje a una ciudad (los espacios públicos)

    Cuando en el barrio donde trabajaba, y ahora también vivo, construyeron un edificio que ha cambiado la panorámica de mi vida para siempre, me fijé en que el altísimo y rectangular rascacielos de viviendas –altísimo para mí, acostumbrada a una vida en tres alturas– era blanco y negro. Se vendía como edificio de lujo; la curiosidad me pudo y pregunté precios: no había nada por debajo del millón de euros. Por el mismo precio podía vivir en las mismísimas Torres Blancas (que ni son dos, ni son blancas y, sobre todo, no son nada aburridas), que, puestos a hacer excentricidades de rico, son mucho más excitantes –qué aventura me ha parecido siempre diseñar el interiorismo de una vivienda de paredes curvas.

    España se encuentra en plena transición del ladrillo rojo visto y toldos verdes al blanco y negro, nueva obsesión de las constructoras. Carlos Prego intenta averiguar en Xataka el porqué de la obsesión y encuentra algunas respuestas: que es lo que busca la gente, que se ahorran costes. Algunas razones me parecen interesantes, me tranquilizan: aislamiento térmico, eficiencia energética. Entonces me alarmo: ¿no puede combinarse este blanco purísimo –que refleja la luz y nos salva del calor– con otros colores que no sean el negro y el gris? ¿Puede ser una elección estética en arquitectura conveniente y reaccionaria? También se recoge respuesta a esto en el artículo: en el sector, el color recuerda a vivienda social– chabacano, de mal gusto, digno de atacar.

    Al mismo tiempo, las intervenciones urbanísticas que se proyectan en las ciudades ponen como protagonista al hormigón, y echo de menos el tiempo en el que el dinero de los ayuntamientos se gastaba en frívolas partidas para parterres de flores y no en frívolas partidas para cemento visto. Mientras, en mi antiguo barrio (obrero), algunas comunidades hacen un esfuerzo económico por aislar las viviendas, por mejorar la accesibilidad. En el proceso, sus fachadas de colores –ladrillo rojo, amarillo albero– mutan al gris, al blanco, al negro.

    Nos venden un mundo en blanco y negro, esperan que pidamos a un mundo en blanco y negro; yo aspiro a la vida a todo color.