La soberanía de mi memoria

No tenía propósitos en 2025. Tomarme todo con más calma, hacer menos, si es que se puede llamar a eso «propósito». Pero 2025 tenía otros planes. Y aquí estoy, abriendo un blog más de 10 años después de cerrar el último.

Hace años que reflexiono sobre cómo hemos ido entregando a una serie de empresas nuestra vida (nuestras amistades, nuestros pensamientos y nuestra memoria), con la esperanza de que estuvieran ahí eternamente. Pero no iban a estarlo: puede que recuerdes el fin de Tuenti y cómo muchos corrimos a salvar lo que pudimos de nuestros recuerdos de adolescencia. Y aunque lo estén, tampoco tenemos por qué permitir que nuestra memoria y nuestras conexiones personales sean rehenes de empresas que apoyan causas y que se meten en derivas que no compartimos.

Twitter fue parte de mi identidad desde que, en 2011, cree un perfil a través del cual conocí a algunas de las personas más importantes de mi vida. Pero la red social que tantos momentos me dio ya no existe, aunque mis tweets, interacciones personales y otros datos sigan en poder del multimillonario que los compró como inversión en ideología y poder personal. Porque X no es Twitter, a mí ya no me interesa estar ahí. Me llevo el archivo de lo que fue y vuelo a cielos más despejados, con el aprendizaje de que mis conexiones deben tejerse de otras formas.

Por otro lado, llevo desde 2012 haciendo de las redes sociales mi trabajo (o parte de él). Lo que ahora es Meta ha sido durante más de 10 años mi quebradero de cabeza diario: lo poco que cuida Meta la usabilidad y la accesibilidad, sabiéndonos cautivos de sus plataformas, es una pista de lo que podía llegar si los vientos cambiaban. Y tampoco es una novedad que Zuckerberg se ponga del lado del poder; solo que a mí la deriva actual no me gusta.1

El problema es que nos saben cautivos: a ver quién marcha de Facebook, Instagram y/o WhatsApp. Se pueden permitir tomar decisiones que afectan al bienestar de mucha gente, a su salud mental y a su forma de vida. Ya hace años que dejé de usar Facebook a nivel personal; hoy también digo adiós a un perfil que Instagram que me ha acompañado durante más de una década, que era baúl de muchos recuerdos y piedra de toque de muchas amistades, además de una ventana a la novedad. Y me da rabia que cerrar WhatsApp no pueda ser una opción y que sí, esté cautiva de una aplicación de la que depende estar en contacto con mi familia, con mis amigos o incluso con mis compañeros de sindicato. Al menos, en este caso, Meta, Mark Zuckerberg, no puede ganar dinero conmigo. Si un día hay publicidad en la aplicación, volveré a replanteármelo.

Pero también veo esto como una oportunidad de volver a detentar la soberanía sobre mi memoria, mis conexiones y mi capacidad de descubrir, bajando mi dependencia de los algoritmos y dándome espacio para crear y consumir menos contenido, pero más consciente.

Me da mucho vértigo pensar en que las formas que tenía de relacionarme, de ampliar mis horizontes, de descubrir lo desconocido, ya no sirven en el camino que emprendo al cerrar la mayoría de mis redes sociales. Además, me da miedo qué puede suponer para un futuro empleador una candidata que no tenga perfiles en redes sociales, pero que asegure que sabe manejarlos. Hasta yo he caído en mirar los perfiles de mis candidatos alguna vez.

  1. Los hechos que me llevan a tomar las decisiones de cerrar mis cuentas en Meta. Lo de X te lo puedes imaginar. ↩︎

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